Ee.uu. crea 60.000 empleos en marzo y frena la hemorragia laboral

El mercado laboral estadounidense dio un respiro: 60.000 empleos nuevos en marzo después de perder 92.000 en febrero, su peor mes desde la pandemia. La tasa de desempleo se mantiene en el 4,4 %, pero la moraleja es clara: no hay racha, solo vaivenes que dejan a los trabajadores colgados de un hilo.

El dato que nadie espera

Wall Street apostaba a un estancamiento; Washington necesitaba un milagro. Lo que llegó es un rebote técnico, tan frágil que ni siquiera logra dos meses seguidos de ganancias desde mayo del año pasado. La Economía no despega, pero tampoco se desploma: se tambalea en un limbo donde cada cifra es un espejismo.

Detrás del número hay nombres: 30.000 enfermeros de Kaiser Permanente que volvieron tras la huelga, obridos de la construcción que rehicieron turnos tras la tormenta invernal y camareros que recuperaron mesas en Daytona gracias a la primavera temprana. Sin esos efectos calendario, el verdadero pulso del empleo late más lento que nunca.

Gasolina y nervios

Gasolina y nervios

El conflicto en Oriente Medio encendió otra mecha: el galón superó los 3,60 dólares y la inflación que parebía domada volvió a respirar. El consumidor, que aguantó el tipo en febrero con un alza del 0,3 % en ventas al menudeo, ahora se pregunta cuánto durará su colchón de ahorros. La Reserva Federal lo sabe y por eso Jerome Powell comparece el lunes en Harvard: cualquier guiño sobre recorte de tipos puede explotarle en la cara si el petróleo sigue subiendo.

El banco central camina sobre cristales: frenar la inflación sin quebrar el empleo que, justo ahora, solo crea en sectores que dependen del subsidio estatal o del azar meteorológico. La manufactura, esa que arrastró la recesión temprana, da señales de vida: el índice ISM podría marcar el tercer mes consecutivo de expansión, algo que no ocurre desde 2022. Pero cada punto de ese índice cuesta más caro en términos de salarios reales.

El resto del mundo se contagia

Europa recibirá el martes su mayor salto de inflación desde la invasión rusa: el 2,6 % anual previsto para la eurozona es una pesadilla que el BCE creía superada. Polonia verá cómo el IPC se dispara al 4,5 %; Suiza, país de deflación crónica, rozará el 0,5 %, su techo en dos años. Mientras, el G-7 convoca el lunes una reunión de emergencia por videollamada para evitar que el choque energético desate un efecto 1973.

En América Latina la historia es la misma con acento distinto. Colombia subirá su tipo al 11,25 % el martes y aún así el peso se hunde. Brasil publica producción industrial y empleo formal que, en la práctica, miden cuánto durará el descontento social. Chile, exportador de cobre e importador de petróleo, recibe un doble golpe: menores ingresos y mayor factura energética. Perú, con su gasoducto aún en pañales, verá la inflación de Lima trepar por quinto mes consecutivo.

El mensaje es tosco pero honesto: el mundo se ha quedado sin colchones. Cada dato macro viene acompañado de una factura en la bomba de gasolina, en la cesta de la compra o en la nómina que no llega. El empleo de marzo en EE.UU. no es una victoria; es un parche que confirma que la herida sigue abierta.