La brecha económica se amplía: ¿quién siente realmente el alza de la gasolina?

El bolsillo del consumidor estadounidense se enfrenta a una presión creciente, pero no todos la experimentan de la misma manera. Mientras los titulares se centran en el precio récord de la gasolina, la realidad es que el impacto varía drásticamente según el nivel de ingresos, revelando una divergencia económica que amenaza con agravar la desigualdad.

El gasto energético: una carga desproporcionada

Según un reciente análisis de Morgan Stanley, la energía, y particularmente la gasolina, representa una porción significativamente mayor del gasto total de los hogares de bajos ingresos. Para el 20% de la población con menores ingresos, el gasto en energía representa el 8.2% de su presupuesto total, frente al 4.8% del 20% más rico. Concretamente, la gasolina consume un 3.6% de los ingresos de los hogares de bajos ingresos, en comparación con el 2.6% de los hogares de altos ingresos. La cifra habla por sí sola: cada dólar extra por galón se siente mucho más en el bolsillo de quienes menos pueden permitírselo.

Pero la historia no acaba ahí. La reciente legislación fiscal, diseñada para estimular la Economía, no está llegando a quienes más la necesitan. Los economistas de Morgan Stanley señalan que el grupo de ingresos más bajo (el 10-20% inferior) probablemente no se beneficiará significativamente de la actual política fiscal, ya que muchos miembros de este grupo ya no pagan impuestos federales sobre la renta debido a créditos y deducciones existentes. A esto se suma, paradójicamente, la reducción de beneficios en programas de asistencia como el SNAP (Programa de Asistencia Nutricional Suplementaria) y Medicaid, golpeando aún más a los hogares vulnerables.

El efecto k: una economía dividida

El efecto k: una economía dividida

Esta situación alimenta la persistente narrativa de la Economía en forma de “K”, donde los hogares de altos ingresos prosperan mientras que los de bajos ingresos luchan por mantenerse a flote. Aunque la recaudación de ingresos y los beneficios empresariales se mantienen sólidos, los efectos de esta disparidad son preocupantes. Lisa Shalett, de Morgan Stanley, lo explicó de forma contundente: un dólar adicional ganado por un hogar de bajos ingresos tiene un impacto en el consumo seis veces mayor que el mismo dólar para un hogar de altos ingresos. La propensión marginal a consumir, ese factor que determina cuánto se gasta de un ingreso extra, es mucho mayor entre los más necesitados.

La diferencia radica en la necesidad. Para un individuo con ingresos elevados, un dólar adicional puede terminar en una cuenta de ahorros. Para alguien que apenas llega a fin de mes, ese mismo dólar se destina a cubrir necesidades básicas, impulsando la demanda y estimulando la Economía. Por este motivo, las políticas fiscales dirigidas a los hogares de bajos ingresos suelen tener un efecto multiplicador más rápido y potente.

En el mercado bursátil, se suele pasar por alto esta realidad, asumiendo que todo ingreso es igual de beneficioso. Pero la verdad es que la salud económica general del país depende de la capacidad de los consumidores de gastar. Y, en este momento, esa capacidad se concentra cada vez más en manos de un sector de la población que ya tiene suficiente.

El panorama que se avecina, especialmente en 2026, es incierto. La fragilidad económica se acentúa a medida que la brecha entre ricos y pobres continúa expandiéndose, poniendo en riesgo la sostenibilidad del crecimiento.