Sri lanka: el conflicto en oriente medio golpea al corazón de su exportación
El aroma a especias y el zumbido de las fábricas textiles en Colombo se ven ensombrecidos por la creciente incertidumbre. Sri Lanka, aún tambaleándose tras su crisis económica, enfrenta ahora una nueva tormenta provocada por la escalada del conflicto en Oriente Medio, que amenaza con desestabilizar su principal motor de crecimiento: las exportaciones.
La factura del conflicto: combustible, energía y el miedo a lo desconocido
El impacto es inmediato y brutal. El precio del combustible se ha disparado un 35%, mientras que la electricidad se encarece un 10% a partir del 1 de abril, agravando la ya precaria situación de las empresas. El gobierno, en un intento desesperado por racionar los recursos limitados, ha implementado una semana laboral de cuatro días, designando los miércoles como feriado público. Sumado a las medidas de racionamiento de combustible y electricidad —incluyendo la obligatoria desconexión del aire acondicionado a las 3 de la tarde en edificios gubernamentales—, la sensación es de urgencia.
Pero la crisis va más allá de las cifras. La cancelación de dos eventos clave, el foro Cascale y el Investors Forum organizado por la Junta de Inversión, que prometían atraer inversores globales y mostrar el potencial de la industria para 2025, es un duro golpe para la confianza. Renuka Weerakone, directora general de la Junta de Inversión, lo reconoció: la imposibilidad de garantizar la conectividad debido a la ola de cancelaciones de vuelos desde Oriente Medio hizo que la celebración de estos eventos fuera inviable.
Los datos de exportación de los últimos dos meses pintan un panorama desolador. Las exportaciones de prendas de vestir a la Unión Europea cayeron por encima del 19% en febrero, mientras que las cifras anuales muestran un preocupante descenso del 11.46% con respecto al año anterior. Esta tendencia negativa, que ya se manifestaba con una caída del 7% en enero, pone en jaque una de las industrias más vitales del país.
Felix Fernando, presidente del Joint Apparel Association Forum (JAAF) y CEO de Omega Line Ltd., lo resume con honestidad: “No quiero hablar de pánico, pero el miedo es palpable”. Las incertidumbres se multiplican, y los precios han aumentado más de un 30% en las últimas cuatro semanas. A diferencia de la crisis de 2022, que fue de origen interno, esta es externa, ajena al control de Sri Lanka, y afecta a otros países de la región de forma similar.

Un rayo de esperanza: el diálogo con el gobierno y la apuesta por la sostenibilidad
A pesar de la adversidad, la industria ha logrado establecer un diálogo constructivo con el gobierno. A través de la Cámara de Comercio, se ha logrado un acuerdo para priorizar la asignación de combustible a las industrias exportadoras, después de sectores esenciales como la alimentación y la salud. Las empresas, lejos de cerrar fábricas, están gestionando los costes con una planificación exhaustiva y una asignación cuidadosa de recursos, desde la energía hasta el combustible para el transporte de trabajadores.
Pero la verdadera amenaza, según Fernando, reside en la perspectiva de una demanda global en declive.
La vulnerabilidad de Sri Lanka se agrava por su dependencia de las remesas provenientes de Oriente Medio, su principal fuente de divisas en 2025. Además, las condiciones del acuerdo de rescate con el Fondo Monetario Internacional (FMI) limitan la capacidad del gobierno para introducir subsidios, relegándolo a la espera de la liberación de los fondos restantes, condicionados a reformas fiscales, reestructuración de la deuda y mejoras en la gobernanza.
Yohan Lawrence, secretario general de JAAF, destaca la convergencia de presiones de costes: “El aumento de los precios del combustible, los gastos de energía y el marcado incremento de los costes del flete marítimo están impactando significativamente”. Los costes de envío por contenedor han subido entre 1.000 y 1.500 dólares en las últimas semanas, mientras que los fletes aéreos a Estados Unidos han pasado de 3,85 a 6,50 dólares por kilogramo.
Incluso las grandes empresas como MAS Holdings, que reportó una facturación de 2.000 millones de dólares en 2025, se ven obligadas a ajustar su estrategia. La empresa ha cerrado instalaciones en Haití y República Dominicana y ha optimizado su red de producción, trasladando la fabricación de tejidos a su propio parque industrial para reducir la dependencia de proveedores externos. La empresa ha anunciado que no se ha visto afectada por la volatilidad, sin embargo, está trabajando con sus socios logísticos para garantizar la continuidad de las operaciones.
Brandix Apparel Limited, por su parte, apuesta por la resiliencia a través de la sostenibilidad, con instalaciones que operan principalmente con energía solar y sistemas avanzados de optimización energética. La compañía, al igual que otras, se prepara para escenarios complejos, buscando fortalecer las cadenas de suministro y explorar joint ventures con socios extranjeros.
La industria textil de Sri Lanka, a pesar de los vientos en contra, se aferra a la esperanza. El compromiso con la sostenibilidad, la búsqueda de nuevos mercados y la coordinación con el gobierno ofrecen un resquicio de luz en un panorama sombrío. La pregunta ya no es si sobrevivirán, sino si podrán reinventarse para prosperar en un mundo cada vez más incierto. La industria, herida pero no derrotada, se prepara para la batalla que le depara el futuro.
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