Jimmy kimmel se burla de un plomero en el gobierno y desata una guerra cultural

Jimmy Kimmel rió primero. El público aplaudió. Y 24 horas después, el chiste se le volvió un hueso en la garganta. El 24 de marzo, el presentador de ABC se mofó del nuevo secretario de Seguridad Nacional, Markwayne Mullin, por su pasado de plomero: «Ahora un fontanero nos protege del terrorismo. Funcionó con Super Mario, ¿por qué no con Markwayne?». La risa en el plató era de las que resuenan. Afuera, en Twitter, resonó otro sonido: el de la indignación.

Lo que Kimmel ignoró —o decidió pasar por alto— es que Mullin dejó la universidad a los 20 años para salvar la empresa familiar cuando su padre cayó enfermo. Convirtió Mullin Plumbing en la mayor del estado. Veinticinco años, 300 empleos y un imperio de tuberías antes de llegar al Senado. Nadie lo contó en monólogo.

El insulto que movió a la clase trabajadora

La senadora Cynthia Lummis no se anduvo con eufemismos: «La desdén de las élites de Hollywood hacia los trabajadores es vergonzosa». Ted Cruz añadió leña: «Prefiero plomeros a comedians woke sin gracia». Y el congresista Mike Collins cerró la traca: «El país se sostiene sobre gente que arregla lo que los demás estropean».

La cifra habla por sí sola: el 27 % de la fuerza laboral estadounidense es blue-collar. Fontaneros, electricistas, conductores de camión. Ingresos medios de 56 000 dólares anuales, sin deuda universitaria y con demanda creciente. Mientras Kimmel bromeaba, un plomero en Ohio facturaba 120 dólares la hora por arreglar una fuga que nadie más quería tocar.

Cómo un conserje de vermont amasó 8 millones

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La ironía es bestial. El mismo día que el presentador se burlaba del «fontanero de Oklahoma», se reactivaba la historia de Ronald Read: conserje jubilado en Vermont que murió en 2015 y dejó 8 millones en acciones. Nunca ganó más de 25 000 dólares al año. Vivía con imperdibles en el abrigo y compraba títulos de Johnson & Johnson como quien compra pan. La clave: invertir lo que otros gastan en parecerse a ricos.

Warren Buffett lo resume en una frase que Kimmel debería grabarse en la cara del espejo: «Para la mayoría, lo mejor es tener un fondo índice del S&P 500 y no mirarlo cada día». El mensaje es brutal: la diferencia entre burlarse y enriquecerse está en elegir entre el aplauso fácil y el dividendo que entra cada trimestre.

El escándalo dura lo que un trending topic, pero deja una cicatriz. Mullin sigue siendo secretario. Los plomeros siguen siendo imprescindibles. Y Kimmel, dueño de varias casas de lujo en Los Ángeles, cobra 15 millones al año por contar chistes que, esta vez, le salieron por la culata. En el mercado —y en la vida—, nadie se ríe cuando la factura llega al final del mes.