Cómo el cierre del estrecho de ormuz dispara la carrera nuclear y deja a nextera en la pole
El 20 % del crudo y del gas que se mueve por el planeta se quedó sin salida el día que Irán decidió cerrar el paso de Ormuz. Asia se quedó con los tanques vacíos, Europa con el termostato bajo mínimos y Estados Unidos con la calculadora en la mano: si el hidrocarburo extranjero puede desaparecer de la noche a la mañana, la única energía que no entiende de bloqueos marítimos es la que se genera en casa. Ahí es donde entra el reactor.
La apuesta de google por el átomo de iowa
NextEra Energy no necesitó encender un mechero para ver el futuro: bastó con reabrir la central que cerró en 2020 en Duane Arnold. El gigante tecnológico Alphabet firmó un contrato por 25 años para alimentar con electricidad nuclear los data centers de Google en Iowa. La planta, muerta hace cinco años, volverá a latir en 2029 y ya hay un mapa de Estados Unidos con más cruces rojas donde podrían surgir nuevos reactores. La razón es fría: un reactor no depende de un estrecho que puede cerrar un misil.
El Departamento de Energía de EE. UU. quiere triplicar la producción nuclear antes de 2050. Mientras tanto, hay 75 reactores en obra en el planeta y 120 en carpeta. La cifra habla por sí sola: cada país que puede firmar un cheque está tratando de desengancharse del suministro que viene por mar. La guerra en Medio Oriente no cambió el guion, solo aceleró el montaje: el guion ya lo habían escrito los chips de inteligencia artificial que consumen tanta energía como una ciudad mediana.

Dividendos que crecen desde 1992 y un margen del 19,45 %
NextEra no es una startup verde que promete y después llora. Lleva 32 años subiendo el dividendo y ahora rinde el 2,54 %. El payout está en el 68,67 %, holgado si se compara con el 94,59 % que tocó en plena pandemia. El beneficio neto se come casi un quinto de cada dólar facturado y el EPS creció el 12 % en 2025 mientras la facturaba subía el 13 %. La compañía controla 6 GW en sus siete reactores y sumará otro gigawatt cuando Duane Arnold vuelva a rugir.
La acción se mueve en un rango de 61 a 95 dólares en los últimos 52 semanas y la capitalización roza los 190 000 millones. El promedio diario de volumen supera los 9 millones de títulos: hay liquidez para entrar y también para salir sin que el gráfico se desplome. El margen bruto del 36,2 % deja espacio para que el proyecto nuclear traccione sin necesidad de hipotecar el balance.

El plazo de cinco años que blinda el flujo de caja
Construir un reactor lleva cinco años y varios miles de millones. Ese lapso convierte a NextEra en un banco de energía: cobra por la luz que vende hoy y encima cobra por la que venderá dentro de una década. Los contratos a largo plazo con tecnológicas hambrientas de watts convierten la inversión en un seguro de vida con pagarés trimestrales. Mientras el petróleo se dispara cada vez que un dron cruza el Golfo Pérsico, el uranio que alimenta los reactores se compra con años de antelación y sin pasar por un estrecho bajo fuego.
La ironía es evidente: la energía que nació para ganar guerras frías ahora sirve para evitar guerras calientes. Cada reactor que se conecta es un buque tanquero que nunca zozobrará. Y mientras los políticos discuten sanciones, NextEra ya selló el próximo cuarto de siglo con Google. El dividendo llegará puntual. El reactor también.
