El 401(k) se resquebraja: eeuu saca un 6,1 en pensiones y millones temen no llegar a la jubilación
Mientras la mayoría
de estadounidenses cumplen con el manual del buen ciudadano: aportan mes tras mes a su 401(k), miran el saldo en la app y sueñan con un retiro digno, un informe global acaba de dar un sopapo a esa promesa. El Índice Mercer CFA 2025 califica el sistema de pensiones de Estados Unidos con un C+ y apenas 61,1 puntos sobre 100. Traducción: ni aplaza ni suspende, pero está a medio gas frente a los dieces de Dinamarca, Islandia o Singapur, que ya lucen la etiqueta de «A».Pasarse de lista tiene un precio: 955 dólares
La ironía duele. El país que inventó el plan 401(k) arrastra una cifra que parece errata: el ahorro medio para la jubilación de los trabajadores en edad activa es de 955 dólares cuando se incluye a quienes no han ahorrado nada. Ni para un iPhone. El dato, del National Institute on Retirement Security, contrasta con el mantra de los gurús que predican el millón de dólares como mínimo vital. El mercado sube, el saldo medio del 401(k) ronda los 146.400 dólares y, aun así, la sensación de seguridad no llega. El motivo: el sistema ha convertido la jubilación en un self-service sin manual. Cambio de empleo, grieta. Longevidad, grieta. Inflación, grieta.
El Congreso intentó parchar el agujero con el SECURE Act y SECURE 2.0: más inscripción automática, más planes para trabajadores jóvenes y caregives. Pero la brecha sigue ahí. Chris Mahoney, jefe global de retiro en Mercer, apunta cinco talones de Aquiles que sangran cada día.

De nada sirve amasar un montón si después se esfuma
El primero: convertir el saco de ahorro en ingreso vitalicio. Cambiar de empleo cada tres años deja un reguero de cuentas olvidadas y retiros parciales que devoran el capital. Uno de cada tres jóvenes de 65 años vivirá hasta los 90. Hacer que el dinero dure 30 años sin saber cuánto queda es un arte que el sistema no enseña. Segundo: 22 millones de trabajadores —jóvenes, temporales o cuidadores— aún no tienen acceso a un plan de empresa. La solución no es pedirles que sean más disciplinados, sino abrirles la puerta.
Tercero: las opciones de inversión siguen siendo un menú de 1990. La orden ejecutiva de Trump en 2025 pide explorar private equity y capital riesgo dentro de los 401(k), pero los empleadores no se lanzan al vacío sin reglas claras sobre comisiones y responsabilidad fiduciaria. Cuarto: las demandas colectivas contra las compañías por comisiones abusivas paralizan la expansión de planes. Miedo al litigio se traduce en menos oferta. Quinto: las pensiones tradicionales siguen guardando 3,3 billones de dólares y ahí sigue el debate: ¿las dejamos desaparecer o les bajamos las primas al Pension Benefit Guaranty Corporation para que respiren?
El reloj corre más rápido que el ahorro
El problema ya no es sólo financiero, es demográfico. Más viejos, menos nacimientos y unos programas públicos que se financian con deuda. La tercera edad dura más que la vida laboral de quien la paga. La calificación C+ no es un simple papel rojo: es la constatación de que el modelo está agotado. Mientras, los políticos discuten si el límite de aportación debe subir 500 o 1.000 dólares, la generación sandwich ya calcula cuántos años podrá mantener a sus padres sin hipotecar su propio retiro.
La moraleja: el 401(k) no es culpable, pero tampoco es suficiente. Sin ingresos vitalicios, sin planes universales y sin reglas que protejan al cambiador de empleo, la jubilación seguirá siendo una lotería con billete de 955 dólares. Y, por ahora, la bola no ha tocado ningún político dispuesto a cambiar las reglas del juego.
