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Mccormick se juega el todo por el todo: fusión con unilever para salvar el 22% en caída

La bolsa le ha puesto el precio a la desesperación: McCormick pierde 22% en lo que va de año y su tabla de salvación pasa por apuntarse al mayor baile de consolidación del sector food en la última década. Jim Cramer, el gurí que mueve masas en CNBC, acaba de despachar la receta: o McCormick se traga la división de alimentos de Unilever —Hellmann’s, Colman’s, Knorr— o se quedará sin argumentos ante los fondos que ya le han girado la espalda.

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La historia es de esas que duelen. McCormick, el rey invisible de los sobrecitos de pimienta que hay en cada cocina de Estados Unidos, arrastra tres trimestres seguidos de caída de márgenes. El consumidor, asfixiado por la inflación, ha dejado de comprar el bote de 5 dólares y ha migrado a marcas blancas que le ofrecen el doble por la mitad. La compañía lo intentó todo: ediciones limitadas, packaging eco, alianzas con chefs de Netflix. Nada. El resultado fue un desplome del 22% en su cotización y un ratio precio/ventas que ya rozaba la zona de value trap.

Entró Unilever. El gigante anglo-holandés necesita deslastrrarse de activos de bajo crecimiento y, de paso, hacer caja para financiar su pivot a belleza y bienestar. La división de alimentos —1.700 millones de ventas anuales, pero crecimiento plano— es el candidato ideal. McCormick, por su parte, añora diversificar fuera del spice rack y meterse en cada estantería del supermercado: desde sopas hasta salsas. La sinergia es tan obvia que los bancos de inversión ya redactaron el power point antes de que los consejos lo confirmaran.

La cuenta de resultados que cramer ha hecho en público

La cuenta de resultados que cramer ha hecho en público

Cramer no se anduvo con eufemismos: «Tienen que fusionarse y recortar costes. Punto». Su tesis se sostiene en dos cifras: 550 millones de ahorro anual en SG&A (ventas, generales y administrativas) y un margen EBITDA que, post-fusión, podría escalar del 18% actual al 24% en tres ejercicios. El canal directo de Unilever en Europa serviría de taxi a los productos McCormick, mientras que la red logística de éstos en América del Norte absorbería los envíos de Knorr sin pasar por intermediarios. Ahorro de transporte, optimización de fábricas y un poder de negociación frente a supermercados que se les escapaba por fragmentado.

Pero hay un detalle que nadie contó en prime time: la deuda. McCormick ya cargó con 4.200 millones de dólares cuando se zampó Frank’s RedHot y French’s en 2017. Si ahora suma la unidad de Unilever, la cifra podría dispararse hasta los 9.000 millones. El coste financiero, con tipos al 5%, robaría buena parte de las sinergias prometidas. Los rating agencies rondan la decisión: un recorte de grado y el spread de sus bonos se ensancharía 150 pb. El mercado lo huele y por eso el papel no despega pese al rumor.

El riesgo que no sale en los titulares

El riesgo que no sale en los titulares

Lo que nadie menciona es la guerra de marcas. Consolidar Hellmann’s y McCormick bajo un mismo techo implica decidir qué logrismo prevalece: ¿el del mayo que conquista instagramers o el del especiero que abuela en cada recetario? La historia está llena de fusiones que naufragaron por no saber a quién proteger. Kraft-Heinz es el espejo que refleja deformidades: recortaron, recortaron y cuando quisieron innovar ya no tenían pipeline. McCormick puede repetir el guión si se obsesiona con el cost-cutting y olvida que el paladar cambia más rápido que la hoja Excel de un consultor.

La otra pata delicada es la regulación. Bruselas ya ha empezado a tantear: controlarían más del 30% del mercado de condimentos en la UE. Podrían exigir desinversiones locales, como la planta de Colman’s en Norwich, emblema británico desde 1814. Cada activo que vendan resta sinergias y resta valor al thesis. El tiempo aprieta: Unilever quiere cerrar el capítulo antes de que finalice su buy-back de 3.000 millones y McCormick necesita dar un golpe sobre la mesa antes del día de acción de gracias, su festivo más rentable.

Así las cosas, el trader de a pie se pregunta si vale la pena apostar ahora. El consensus apunta a un precio objetivo de 84 dólares, 25% por encima del cierre del viernes, pero requiere que el deal se anuncie antes del 15 de septiembre y que la Fed no suba tipos de nuevo. Dos condiciones que, hoy, parecen un deseo más que un escenario base. Mientras tanto, los fondos de cobertura se han meto en straddles: compran calls y puts al mismo strike, esperando el volátil anuncio que dispare la acción en cualquier dirección.

La moraleja es tan sencilla como amarga: en el mercado actual no basta con tener la mejor pimienta del mundo; necesitas el mayor pasillo del supermercado y un balance que aguante el tipo. McCormick lo tiene todo a su alcance, pero también la deuda, la duda y el reloj en contra. Si falla, su ticker pasará a engrosar la lista de marcas queridas por el consumidor y olvidadas por el inversor. Y esta vez ni Cramer podrá endulzar el sabor.