Teradyne sube 332% tras el chivatazo de cramer y ahora da vértigo
Wall Street ya no habla de otra cosa: Teradyne ha multiplicado por cuatro su valor en doce meses y deja a los analistas con la palabra en la boca. La fabricante de robots colaborativos y equipos para semiconductores cerró el 29 de octubre con un +20% en un solo día tras anunciar ingresos de 769 millones y un beneficio por acción de 0,85 dólares, por encima de los 743 millones y 0,79 previstos. La fiesta continuó el 3 de febrero, cuando la acción saltó otro 13% en la sesión al presentar 1.000 millones de facturación y 1,80 por título, frente a los 964 millones y 1,36 que temían los escépticos.
Cramer se tapa la boca: “no toquéis los semiconductores”
El gurú de Mad Money llegó a desaconsejar la compra el pasado abril: “No, todavía no. Teradyne no, porque no vamos a comprar equipos de test de semiconductores cuando el sector arrastra tal rezago”. Tras esas palabras, el título se ha revalorizado un 332%. Quienes le hicieron caso se frotan los ojos; quienes ignoraron su consejo se frotan los bolsillos.
El secreto del rally no está solo en los números. El salto de la compañía hacia la automatización industrial —robots colaborativos que trabajan codo con codo con humanos— ha encontrado un filón en la reindustrialización de EE.UU. y la guerra de aranceles que heredó Trump. Cada robot que Teradyne vende ahora cuesta el triple que hace dos años y hay lista de espera hasta junio.

El riesvo que esconde la euforia
Pero la memoria es fría: en los últimos treinta días la acción ha cedido un 7%. La excusa es la habitual: los fondos recogen beneficios tras una escalada que ya roza la parábola. El problema es que el PER x25 empieza a descontar un crecimiento que la propia empresa no se atreve a confirmar para 2026. Y el sector de equipos de testeo es cíclico: cuando la demanda de chips se enfria, las órdenes se congelan en cuestión de semanas.
La lección es burda: en bolsa el que avisa no es traidor, pero el que obedece suele llegar tarde. Teradyne ha demostrado que puede multiplicar hasta los pronósticos más optimistas, pero también que cuando el viento gira lo hace sin despedida. Los 1.000 millones del último trimestre suenan hoy a música celestial; dentro de un año podrían ser el eco de una fiesta que ya nadie recuerda.
