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Vgit y igib se miden en el ring de la renta fija: uno apuesta por el tesoro, otro por la empresa

La guerra de cifras entre VGIT y IGIB empieza donde duele: en el bolsillo. El Vanguard Intermediate-Term Treasury ETF acaba de cerrar el último año con un +4,40 % de rentabilidad y un dividendo que rinde el 3,83 %. Bonito, hasta que descubres que el iShares 5-10 Year Investment Grade Corporate Bond ETF le saca casi dos puntos: 6,19 % de retorno y 4,72 % de cupón. ¿El precio? Empresas, no letras del Tesoro. Y eso se paga en nervios.

El momento de la verdad: drawdown bajo la lupa

Lo que nadie cuenta es cómo se comportan cuando el suelo se resquebraja. En los últimos cinco años, VGIT perdió un 16 % en su peor tramo; IGIB, un 20,6 %. Cuatro puntos que significan noches en vela para quien apostó por Coca-Cola, JPMorgan y compañía en lugar de al Estado americano. La beta lo confirma: 1,04 para IGIB, 0,81 para VGIT. Traducción: el primero se mueve al ritmo del S&P 500; el segundo, algo más despacito.

¿Y la factura anual? 0,03 % de comisión por el fondo de Vanguard; 0,04 % por el de BlackRock. Un par de céntimos que se vuelven ridículos cuando se multiplican por los 48.800 millones de dólares que VGIT gestiona frente a los 17.400 millones de IGIB. El tamaño importa: más patrimonio suele traducirse en menor diferencial bid-ask y menos slippage en días de mercado rojo.

¿Dónde está el dinero realmente?

¿Dónde está el dinero realmente?

Abres la caja de VGIT y solo encuentras papel del Tesoro: 103 títulos, duración media 5,4 años, rating AA+ por definición. Abres la de IGIB y aparecen 3.007 bonos de Apple, Bank of America o Pfizer. El 25 % del fondo son grandes bancos, otro 11,8 % empresas de consumo no cíclico. La duración se dispara hasta 5,96 años y el cupón medio al 4,86 %. Un punto extra de rentabilidad que procede, literalmente, de la deuda de los gigantes que cotizan en el Dow.

La jugada es clara: si la Reserva Federal recorta tipos, ambos fondos subirán por efecto duration. Pero si la economía entra en recesión y las corporaciones ven deteriorarse sus balances, IGIB se desinflará más rápido. VGIT, por contra, solo tiene un riesgo: que el Congreso de EE.UU. decida no pagar la deuda. Hoy parece improbable, pero el fantasma del techo de deuda vuelve cada dos años.

La conclusión duele porque es matemática: quien busque aparcar el dinero doce meses y dormir tranquilo tendrá que tragarse el menor cupón de VGIT. El que esté dispuesto a aceptar oscilaciones de dos dígitos a cambio de 90 puntos básicos extra puede abrazar a IGIB. La cifra habla por sí sola: 1.000 dólares invertidos hace cinco años valen hoy 1.074 en IGIB y 1.010 en VGIT. Sesenta y cuatro dólares de diferencia que, para muchos, son el precio de la paz mental.