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Wall street cede la trinchera del crédito privado a la cadena de bloques

El crédito privado, el último bastión de la banca que se jacta de no tocar cripto, acaba de recibir un 25 millones de dólares de cachetazo. La start-up Valinor ha cerró una ronda semilla liderada por Castle Island Ventures para convertir los pactos de préstamo en código que se ejecuta solo.

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Connor Dougherty y Lily Yarborough no llegaron al mundo de las criptomonedas por moda. Se criaron en la sala de private credit de Blackstone, donde los faxes siguen vivos disfrazados de Excel. En 2022 saltaron a un fondo de activos digitales y ya no volvieron a ver la gracia en que un humano «pulsar el botón de la transferencia» cada viernes.

Su idea: sustituir la cadena de firmas, auditorías internas y hojas de cálculo que rigen una línea de crédito por smart contracts que desembolsan o cobran según el cash flow del prestatario. El ahorro, dicen, no es solo dinero: es tiempo que ya no se quema en reconciliar cifras.

Valinor ha pilotado la fórmula con una docena de fintech y empresas cripto. El capital fresco servirá para duplicar la plantilla —ahora son seis personas— y disparar la cifra de préstamos bajo gestión antes de que los bancos se den cuenta de que su excusa tecnológica se les acaba.

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La promesa de tokenizar acciones, depósitos o fondos del mercado monetario ya la han lanzado los grandes. Pero el crédito privado, ese parche de 1,5 billones de dólares donde imperan los pactos bilaterales y la confidencialidad, se resistía. Valinor quiere ser la agencia de traducción definitiva entre un mundo que vive de confianza y otro que no cree en nada que no esté escrito en código.

Sean Judge, socio de Castle Island, resume la apuesta: «No se trata de ideología cripto; es eficiencia pura. Si un contrato puede autoejecutarse, ¿por qué seguir pagando abogados para que revisen la misma cláusula cien veces?».

La competencia no duerme. Alpaca, la corredora de cripto-inversores, acaba de captar 150 millones en Serie D para arañar cuota a Interactive Brokers. La diferencia es que Valinor no quiere gestionar carteras; quiere ser la infraestructura que preste mientras los demás negocian.

La jugada tiene riesgo: regularmente, los préstamos tokenizados siguen siendo préstamos. Si la «economía real» que Dougherty menciona entra en recesión, la cadena de bloques no pagará por sí sola las cuotas impagadas. Pero el mercado ya ha decidido que prefiere probarlo a quedarse fuera.

El mensaje es claro: la próxima vez que un directivo alarde de «no tocar cripto», recuerde que alguien en Nueva York acaba de cerrar un crédito revolving de 50 millones sin levantar el teléfono. La historia del mercado ya no la escriben los banqueros; la escribe el código que ejecuta la historia mientras ellos duermen.