Dos gigantes que pagan por dormir tranquilo: pg y pm
Hay acciones que uno compra para hacerse rico rápido y hay acciones que uno compra para no arruinarse. Procter & Gamble y Philip Morris International pertenecen a la segunda categoría, aunque con el tiempo esa distinción se vuelve cada vez más borrosa. Porque cuando llevas décadas acumulando dividendos crecientes, el resultado final no es tan diferente al de una apuesta más agresiva. Solo que sin las noches en vela.
El aburrimiento como estrategia de inversión
Invertir en bolsa tiene una cara que los manuales no suelen mostrar: la angustia de ver cómo tu patrimonio sube y baja sin que puedas hacer nada. Los llamados blue chips con dividendos generosos existen precisamente para eso, para suavizar esa montaña rusa. No la eliminan, pero la hacen tolerable.
Procter & Gamble lleva en pie desde 1837. Tide, Gillette, Oral-B. Marcas que no necesitan presentación porque llevan décadas en el carrito de la compra de medio mundo. Su capitalización bursátil ronda los 336.000 millones de dólares y su margen bruto supera el 51%. No es una empresa que vaya a sorprender a nadie con un producto revolucionario. Tampoco lo necesita.
Lo que nadie cuenta es que su verdadero poder no está en el precio de la acción sino en su historial de pagos. 69 años consecutivos aumentando el dividendo. No 69 años pagándolo, sino subiéndolo. Eso significa que atravesó la crisis del petróleo de los 70, el crack del 87, la burbuja puntocom, la Gran Recesión de 2008 y la pandemia de 2020 sin romper esa racha. La rentabilidad por dividendo actual ronda el 2,92%, lo que combinado con la apreciación del capital convierte a este valor en una máquina de retornos compuestos para el inversor paciente.

Philip morris y la paradoja del tabaco que crece
Aquí es donde la historia se pone interesante. El tabaco es una industria que lleva décadas en declive estructural en Occidente, sometida a regulaciones cada vez más estrictas y a campañas de salud pública que han reducido el número de fumadores de manera sostenida. Y sin embargo, Philip Morris International ha ganado un 83% en los últimos cinco años, más del triple que su prima americana Altria, que apenas alcanzó el 29% en el mismo período.
La explicación tiene dos partes. La primera es geográfica: Philip Morris opera en Europa, Latinoamérica y Asia, mercados donde la penetración del tabaco sigue siendo alta y la presión regulatoria, aunque creciente, no es tan agresiva como en Estados Unidos. Ninguna región concentra tanto peso en sus ventas como para que un golpe regulatorio local hunda el negocio completo.
La segunda parte es más estratégica. La compañía lleva años apostando por Iqos, su sistema de tabaco calentado que, según la empresa, expone a los usuarios a niveles más bajos de ciertas sustancias nochas que el cigarrillo convencional. Es una apuesta arriesgada en términos regulatorios, pero hasta ahora ha funcionado. A eso hay que sumar la adquisición de Swedish Match por 16.000 millones de dólares, un movimiento que le dio acceso a Zyn, el producto de nicotina oral que ha arrasado en el mercado estadounidense, y que amplió sus canales de distribución de forma notable.
Su dividendo rinde un 3,49% y lleva 17 años consecutivos creciendo. Menos historial que Procter & Gamble, cierto, pero con una trayectoria de innovación que el gigante de los detergentes difícilmente puede replicar.

Cuál de las dos merece más atención ahora mismo
Comparar ambas empresas es comparar dos formas distintas de entender la estabilidad. Procter & Gamble es la roca: predecible, madura, casi aburrida. Philip Morris es la roca que aprendió a moverse: sigue siendo sólida, pero tiene una dirección clara hacia donde va.
Para un inversor que busca el menor riesgo posible, Procter & Gamble es la opción obvia. Para quien acepta un poco más de incertidumbre sectorial a cambio de un dividendo más alto y una narrativa de crecimiento más convincente, Philip Morris gana la partida. La cifra habla por sí sola: 83% de revalorización en cinco años en una industria que se supone que está muriendo. Eso no es suerte. Es ejecución.
