Ford aprieta el acelerador con un método que puede volverse boomerang
Ford quiere fabricar coches como si fueran legos gigantes: dos piezas de aluminio lo bastante grandes como para engullir la mitad del chasis. El invento se llama Universal EV Production System y promite sacar una pick-up eléctrica por 30.000 dólares en 2027. La moraleja llega antes que el vehículo: cuando cambias la cadena de montaje que Henry Ford inventó en 1913, los costes se desploman… o estallan en la cara del cliente.
Un casting que lo aguanta todo
La receta es simple: en vez de soldar cien piezas pequeñas, la marca funde dos «unicastings» que engloban delantera y trasera. Menos tornillos, menos robots, menos tiempo. El ensamblaje pasa de línea recta a tres ramas que convergen como un árbol. El resultado: menos estaciones, más velocidad, margen bruto que deja de sangrar. El problema: si un conductor da un topetazo, el taller no cambia un guardabarros; cambia media carrocería.
Jim Farley repite el mantra interno: «Diseñamos pensando en la reparación». Pero los concesionarios ya calculan. Un casting de aluminio de 700 dólares suma 2.000 en mano de obra especializada. Y ahí entra Ford Pro, la gallina de los huevos de oro: 150.000 furgonetas y pick-ups que las flotas renovarían cada tres años si los números cuadran. La pregunta que circula en Dearborn es cuántas empresas apostarán por un vehículo que encarece el seguro y el valor residual.

El fantasma chino que empuja
Pekín ya anuncia coches eléctricos por 20.000 euros en puerto mexicano. La respuesta de Ford no es solo tecnología; es desesperación. El sistema de árbol de ensamblaje copia la hoja de ruta que Tesla empezó a pulir en 2020, pero lo hace con la escala de un gigante oxidado: 65 millones de vehícules históricos en carretera y una red de proveedores que factura 120.000 millones al año.
La apuesta arranca en Ohio, donde los sindicatos ya negocian cómo se reclasifican los puestos. El cambio elimina 30 % de mano de obra por turno. El convenio vence en 2028, justo cuando la pick-up de 30.000 dólares deba salir de la línea. Coincidencia, dicen. Negociación, dicen otros.
Wall Street no se fía: el dividendo rinde 5,28 % porque el accionista prefiere cobrar antes que confiar. El título cotiza a 11,34 dólares, 3 veces beneficios, pero el flujo libre apenas cubre la deuda que Ford contrajó para financiar esta revolución. El mercado castiga cualquier titular que suene a recall o a coste oculto.
La lección de Major League Baseball —reloj de lanzamiento que acortó partidos y dejó a los vendedores de cerveza con la jaula baja— persigue a Ford. La historia repite: innovar sin medir quién paga la rotura puede convertirse en un boomerang de aluminio que vuelve a toda velocidad contra la propia marca.
Ford lo sabe. Por eso los técnicos ya ensayan soldaduras frías que permitan cortar un unicasting por la mitad y repararlo por 400 dólares. Si lo logran, la ventaja china se reduce a ceniza. Si fallan, la factura del taller será el argumento que utilicen los fleet managers para firmar con BYD o Saic. El reloj corre como en el beisbol, pero aquí el precio no es una cerveza menos: es un mercado de 900.000 millones en juego.
