Palantir se coloca en la órbita del pentágono y su acción despega 60% en un año
Mientras Tel Aviv y Teherán cruzan drones sobre el Golfo, en Denver alguien actualiza el software que decidió quién lo vería primero. Ese alguien trabaja para Palantir, y los mercados acaban de enterarse de que el mismo cerebro que anticipa misiles cobrará parte de los 185 000 millones de dólares que Washington destinará a la «Cúpula Dorada» espacial.
La acción, PLTR, ya trepó un 60 % en doce meses. Pero hay un matiz que los gráficos no cuentan: tres de cada cuatro ingresos de la empresa aún nacen dentro de fronteras estadounidenses. Traducción: cuando el Congreso habla de guerra, Palantir escucha dinero.
Un contrato que empieza en las estrellas y termina en la cuenta de resultados
La «Cúpula Dorada» no es ciencia-ficción. El plan es desplegar una red de sensores en órbita baja capaz de interceptar proyectiles hipersónicos antes de que Moscú o Pekín decidan apretar el botón. Anduril construye los satélites; Palantir aporta el cerebro que filtra la basura espacial de los verdaderos enemigos. El contrato no tiene fecha de caducidad: se renueva tanto como lo hagan los miedos geopolíticos.
El efecto arrastra al sector privado. GE Aerospace acaba de firmar un acuerdo multianual para que los algoritmos de Palantir decidan cuándo un motor deja de ser seguro y cuándo puede volar. El objetivo: que ningún Boeing 737-MAX se quede en tierra por un fallo que la IA ya previó. La fábrica de GE en Carolina del Norte pasa a ser un laboratorio de margen operativo: cada hora de vuelo ganada se convierte en factura pagada.

Crecer al 60 % cuando todos hablan de recesión
Los analistas se empeñan en etiquetar la historia como «defensa pura», pero los números gritan otra cosa. Palantir cerró 180 contratos de más de un millón solo en el último trimestre; 61 superaron los diez. La cartera de pedidos sin facturar ya roza los 4 200 millones. Y eso que la empresa lleva meses corrigiendo: desde máximos de febrero la acción cedió un 19 %, justo el hueco que UBS aprovechó para poner precio: 50 veces el flujo de caja libre proyectado para 2027. O, dicho de otro modo, barata si el mundo sigue eligiendo guerra fría antes que recesión.
La guinda llega con las cuentas de 2025: ingresos de 4 500 millones y 2 300 millones de flujo libre. Palantir termina el año con 7 200 millones en metálico, más que la mitad de los países de la OTAN. La guía para 2026 eleva la apuesta: 7 200 millones de facturación y 4 000 millones de caja. Hacer la vista atrás y ver solo subidas del 60 % es quedarse corto.

¿Quién se arriesga a vender ahora?
Mizuho repite «outperform» y fija el objetivo en 195 dólares. Wedbush sube al 230. El consenso de 25 analistas se queda en 201, lo que implica un 42 % de potencial desde cierre. Pero hay un detalle que los modelos de Excel no incluyen: Maven, el programa que Palantir alimenta desde 2018, acaba de recibir la certificación «programa de registro» del Pentágono. Traducción: cada soldado que dispara un proyectil en Ucrania o en el Estrecho de Taiwán genera ingresos recurrentes para la compañía. La guerra se ha vuelto de suscripción.
El retail lleva meses preguntándose si 180 dólares es techo. La respuesta llegó en forma de volatilidad: cuando el índice VIX superó 20, Palantir apenas se movió. Los fondos de cobertura interpretaron la señal: si ni el miedo global te tumba, tu suelo es político, no técnico. Y de momento, Washington no tiene planes de dejar de tener miedo.
El próximo informe se publica en seis semanas. Entretanto, la cotización respeta un canal que ya premió a quien compró el respiro de agosto. La moraleja no admite eufemismos: o se apuesta a que el conflicto se eterniza, o se vende la visión de que la IA militar se vuelve civilian. Ambos escenarios terminan en la misma cuenta: más contratos, más caja, más subida. La pregunta ya no es si Palantir vale 180 dólares, sino cuánto durará antes de que el mercado le exija 300.