El gigante del retail británico teme que la seguridad laborre deje fuera al estudiantado y a las madres
Las cadenas que llenan cada esquina del Reino Unido —Tesco, Sainsbury’s, M&S, McDonald’s— han encendido la voz de alarma: la promesa de horas garantizadas que prepara el Gobierno de Starmer podría borrar de un plumazo más de la mitad de los empleos parciales que hoy mueven el sector.
La british Retail Consortium (BRC) ha entregado a Westminster sus cuentas del miedo: el 55 % de los contratos que hoy firman sus asociados son de menos de 16 horas semanales. Si la ley que entrará en vigor en abril de 2025 no deja resquicio a la flexibilidad, 8 de cada 10 cajeras, reponedores o baristas estudiantes podrían perder su hueco. La patronal pide que el umbral se fije en ocho horas semanales y que el periodo de referencia para calcular la jornada se alargue hasta 12 meses, de lo contrario —advierten— los temporales de Navidad o las campañas de verano se volverán un quebradero de cabeza para los RR. HH.
El pulso entre seguridad y libertad de elegir cuándo trabajar
Helen Dickinson, consejera delegada de la BRC, lo resume con la contundencia de quien gestiona 3 millones de nóminas: «La flexibilidad no es un bug, es una feature». En su argumentario, los turnos partidos permiten a las madres recoger a los niños a las tres, al universitario pagar la matrícula y al jubilado complementar la pensión sin comprometer el ritmo anual de las tiendas. El sondeo que encargó a Opinium lo refuerza: el 52 % de los británicos valora más la posibilidad de mover el horario que un sueldo fijo.
El sindicato Usdaw, por contra, celebra que por fin se ponga límite a los contratos cero horas que, según sus registros, afectan de forma «desproporcionada» a mujeres y jóvenes. Joanne Thomas, su secretaria general, pone el foco en los ‘malos empleadores’ que cancelan turnos la noche anterior y dejan al trabajador sin ingreso para pagar el alquiler. «La reforma —dice— blinda a los buenos retaileros contra la competencia desleal de quienes lucran con la precariedad.»

El dilema de starmer: aplacar a las multinacionales sin traicionar el mandato laborista
El Gobierno aún no ha fijado ni el techo de horas que definirá un contrato ‘bajo mínimos’ ni el intervalo de tiempo que se mirará para calcular la jornada garantizada. Entre bastidores, los ministros temen un efecto ‘uberización al revés’: si la norma se vuelve rígida, las grandes cadenas podrían externalizar el personal a agencias de trabajo temporal o directamente recortar plantilla. El coste adicional de cotizar por horas fijas, advierten los retailers, se trasladaría a precios ya disparados por la inflación.
Paul Nowak, jefe de la confederación TUC, zanja la discusión con una dato que retumba: «Una familia que no sabe cuánto va a ingresar esta semana no puede planificar ni la cesta de la compra». La frase resume el pulso: ¿vale más la incertidumbre del mercado o la certidumbre del plato en la mesa? El Parlamento tiene hasta el año que viene para decidir si la seguridad laboral se convierte en la nueva norma o si, por contra, la flexibilidad seguirá siendo el úitil con el que millones de británicos compaginan vida y supervivencia.