Molson coors se convierte en la presa más codiciada del sector bebidas
Las bolsas de Wall Street han empezado a susurrar un nombre que nadie esperaba oír este año: Molson Coors. El gigante cervecero de 231 años ha pasado de ser el abuelo gruñón del sector a convertirse en el objetivo más tentador de la industria de bebidas. Y no por nostalgia.
La trampa del descuento perfecto
Mientras los analistas peinaban balances en busca de la próxima adquisición, TAP cotizaba a 6,84 veces sus beneficios futuros. Eso es menos que un supermercado de barrio. El price-to-book de 0,79 revela una verdad incómoda: el mercado valora la compañía por debajo de lo que valen sus fábricas, sus patentes y hasta sus neveras. El mensaje es brutal: o el mercado se equivoca de medio a medio o alguien va a llevarse una ganga histórica.
La razón del desprecio colectivo es obvia: el negocio cerveza tradicional crece al ritmo de un reloj de arena. Pero ahí es donde entra Horizon 2030, el plan que la cúpula desveló en plena pandemia y que ahora empieza a dar dividendos literales. La compra de Atomic Brands —la mamá de los cócteles Monaco— coloca a TAP en la vanguardia del segmento RTD, esos cócteles listos para beber que crecen a dos dígitos mientras la cerveza se estanca. El truco: márgenes del 35 % frente al 18 % de un six-pack de siempre.

El silencio de los insiders que grita
Los directivos no han dicho esta boca es mía, pero sus carteras hablan. En marzo un consejero compró 25 000 acciones en abierto. Fue la puntilla a una racha de compras que suma 1,2 millones de dólares en lo que va de año. Cuando quien conoce los números de dentro pone su propio dinero, el mensaje es más claro que un destilado triple filtrado.
El flujo de caja libre lo confirma: TAP genera 1 300 millones anuales, apenas un 1,52 múltiplo frente a su capitalización. Con esa caja ya pagó la mitad de la deuda que arrastró durante décadas y aún sobra para un dividendo que rinde el 4,5 % y lleva cuatro ejercicios seguidos creciendo. A esas alturas, hasta un private equity salta de la silla.

La partida de póker que empieza ahora
El tablero está servido. Pernod Ricard y Brown-Forman se miran de reojo: una fusión entre ellos dejaría a TAP sin novio en la gala. Por eso los bancos de inversión han empezado a sondear a Anheuser-Busch InBev y a los fondos soberanos de Medio Oriente que hace años se quedaron con las ganas de tragar un cervecero occidental. El precio sugerido en los despachos: entre 72 y 78 dólares por acción, un 40 % por encima del cierre de ayer.
Pero incluso si la operación se atraganta, TAP ya no necesita un salvador. El negocio RTD pasará de representar el 8 % de la facturación en 2023 al 20 % en 2026 según sus propios cálculos. Basta con que el mercado empiece a valorar esa parte como una compañía de consumo de alto crecimiento y no como una cervecera heredada del abuelo. El resultado: una re-rating que podría colocar la acción por encima de los 90 dólares sin necesidad de que nadie ponga un dólar de prima.
El inversor que entre ahora se juega dos cartas: o se lleva el sobreprecio de una OPA o se queda con un jugador que factura más, deuda menos y paga para beber. En ambos casos, la única certeza es que el descuento no va a durar eternamente. Porque los mercados olvidan, pero los números, esos, acaban hablando más fuerte que las promesas.