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Rigetti irrumpe en europa con 100 millones y promete un ordenador cuántico de 1.000 qubits

La firma californiana Rigetti Computing ha desembarcado en Reino Unido con una caja fuerte de 100 millones de dólares y un reto de tres años: instalar en suelo británico el primer ordenador cuántico de más de 1.000 qubits fuera de Estados Unidos. El anuncio, lanzado el 25 de marzo, dispara la cotización de un valor que los analistas ya colocaban entre los siete títulos cuánticos con mejor carta de presentación para el inversor.

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La compañía, que diseña y fabrica sus propios procesadores en la fundición de Fremont, no llega con las manos vacías. Desde 2021 mantiene un sistema de 36 qubits en el National Quantum Computing Centre de Oxfordshire y ahora escaló el compromiso: nuevas instalaciones, nuevas alianzas para la corrección de errores y, sobre todo, un calendario que nadie en el Viejo Continente se había atrevido a firmar. El objetivo no es solo vender horas de computación en la nube; es demostrar que puede repetir en Europa el modelo vertical que ya ensaya en Berkeley.

El mercado respondió con un repunte del 18 % en las primeras horas tras el comunicado, aunque la euforia duró lo que un suspiro. Benchmark rebajó el precio objetivo de 35 a 25 dólares cinco días antes, tras constatar que el sector cuántico entero arrastra una corrección de dos dígitos. David Williams, analista de la firma, mantuvo la recomendación de compra: tras reunirse con el CEO Subodh Kulkarni y el CFO Jeff Bertelsen, salió de la sala convencido de que la estrategia técnica sigue intacta; el problema es la valija colectiva de la industria.

Los números hablan por sí solos: Rigetti cerró 2024 con ingresos de 12 millones y un margen bruto negativo. La promesa de los 1.000 qubits no es un capricho; es la valla que separa el laboratorio del negocio escalable. Si en 2027 el equipo británico alcanza ese umbral, la empresa podrá cobrar por resolver optimizaciones que hoy nadie puede abordar: rutas logísticas, carteras de derivados, diseño de fármacos. Si falla, el efecto será el opuesto: otro nombre en la lista de promesas cuánticas que se quedaron en el camino.

En Berkeley ya avisan: el cronómetro está en marcha y la competencia no duerme. Mientras tanto, los inversores se frotan las manos con un valor que cotiza por debajo de cinco dólares y sueñan con el salto que supondría convertirse en el primer proveedor europeo de computación cuántica de grado industrial. La apuesta está servida; la cuenta atrás, también.