Rocket lab se atrincheró en el negocio de la guerra hipersónica: $190 m que disparan sus márgenes

El Pentágono acaba de entregarle a Rocket Lab un contrato que duplica su precio por lanzamiento y le garantiza 20 despegues en los próximos cuatro años: $190 millones para impulsar cohetes que no llegarán al espacio, sino que volarán a Mach 5 o más para que el Ejército de EE. UU. perfeccione armas que nadie puede interceptar.

La historia que no contaban los titulares

Desde 2018 la firma californiana cobraba $6,5 millones por poner satélites en órbita con su cohete Electron. Este año ya factura $8,4 millones y, con los nuevos vuelos suborbitales del programa HASTE, el precio por lanzamiento asciende a $9,5 millones. La escalada no es casual: la demanda de pequeños lanzadores se ha vuelto insaciable y el Departamento de defensa prefiere pagar más antes que quedarse sin ventana.

El contrato, anunciado la semana pasada, forma parte del MACH-TB 2.0, una plataforma de pruebas hipersónicas que lidera Kratos Defense —la misma que se embolsará $1 450 millones por coordinar todo el ensayo—. A Rocket Lab le toca la parte visible: 20 Electron desplegados desde Wallops Island que volarán trayectorias parabólicas para que los ingenieros militares estudien cómo se comportan los proyectiles cuando superan los 6 000 km/h en la atmósfera densa.

Márgenes que despegan antes que neutron

Márgenes que despegan antes que neutron

La división de lanzamientos de la compañía ya supera el 40 % de margen bruto, por encima de la sección de satélites (31 %). Si el precio de referencia de Electron se ajusta al nuevo estándar militar, cada despegue añadiría 13 % más de beneficio sin tocar el coste operativo. Los analistas de Wall Street no esperan beneficios netos hasta que el cohete Neutron entre en servicio en 2025, pero cada punto de margen que gane Electron reduce ese reloj.

Rocket Lab ya acumula siete misiones HASTE con 100 % de éxito. La repetición engorda la cuenta de resultados y, de paso, convierte al Electron en un misil de prueba de facto, una categoría que nadie había previsto en la hoja de ruta original de la empresa. Cuando Peter Beck fundó la compañía soñaba con constelaciones comerciales; ahora el sueño se llama defensa hipersónica y paga las facturas más rápido que cualquier satélite de observación.

El mensaje es brutal: los inversores que apostaban por verde en la cuenta de resultados en 2025 tal vez reciban su regalo un año antes, vestido de camuflado y con olor a pólvora. La guerra, en este caso, sí da beneficios.