Tesla gasta lo que un país para fabricar chips y los inversores aplauden
Elon Musk quiere que Tesla deje de depender de TSMC y Samsung y para ello no dudará en desembolsar más de 50.000 millones de dólares en una sola planta de semiconductores en Austin, Texas. La cifra, que ya impresiona, podría multiplicarse por diez según Barclays. Y el mercado, lejos de asustarse, sigue comprando la historia de crecimiento.
El nuevo juguete de musk se llama terafab
Terafab no es una factoría cualquiera. Su ambición es alcanzar 1 teravatio de capacidad computacional anual, algo así como el 10 % de toda la potencia que hoy mueven los centros de datos del planeta. El proyecto nacerá como un laboratorio de diseño y pruebas, pero Musk ya ha advertido: la expansión será «fase a fase» hasta lograr una escuela de chips propia que alimente cocinas, cohetes y algoritmos de conducción autónoma.
El problema —o la oportunidad, según se mire— es el precio de la entrada. Dan Levy, analista de Barclays, lanzó la semana pasada su informe con un objetivo de 360 $ —un 6 % por debajo del cierre actual— y una recomendación de mantener. Su mensaje es claro: la cuenta de inversión puede disparaarse «más allá de cualquier previsión alcista» y los toros lo saben. ¿La moraleja? Hay que gastar si se quiere ganar.
La alianza con SpaceX y xAI añade más leña al fuego. Las tres compañías de Musk compartirán gastos y, sobre todo, datos. Cada sensor de un Tesla, cada cámara de un satélite Starlink y cada GPU que entrene a Grok alimentarán la misma red neuronal. El vertical integration que ya revolucionó la producción de coches eléctricos ahora se aplica al silicio.

¿Quién paga la fiesta?
Levy cree que el check final correrá a cargo de un ecosistema Musk: Tesla aportará el flujo de caja de sus coches, SpaceX los contratos gubernamentales y xAI la sed de fondos de capital riesgo dispuestos a creer en la promesa de la supercomputación doméstica. El plan se ejecutará por fases, lo que permite alargar la inyección de dinero y mantener a raya a los accionistas más ortodoxos.
Pero el riesgo es real. La historia de los mega fabs está llena de ejemplos —Intel, GlobalFoundries— donde los costes se dispararon y los plazos se dilataron hasta límites insospechados. La diferencia aquí es que Musk no parte de cero: lleva años diseñando sus propios chips de inferencia para el piloto automático y ha probado que puede convertir prototipos en producto de masa antes que la competencia.
De momento, Tesla mantiene su doble agenda. Por un lado, sigue vendiendo coches con márgenes brutos que rondan el 20 %. Por otro, se convierte en una especie de foundry tecnológico que compite directamente con los gigantes asiáticos que hoy cortan el bacalao en nodos de 3 nm. La transición de auto maker a AI powerhouse ya no es un eslógan; es una partida de póker donde las fichas se miden en miles de millones y el crupier es el propio Musk.
El consejo del analista de Barclays suena a pragmatismo de vestidor: mantener, no comprar aún más, porque la volatilidad va a ser bestial. Pero quienes han acompañado a Tesla desde los 30 $ no necesitan lecciones de riesgo: saben que cuando Musk habla de teravatios lo úco que se espera es que la factura final acabe siendo, como mínimo, del tamaño de un presupuesto nacional. Y ahí seguimos, con el pulso en 360 $ y la mirada puesta en una planta que aún no ha soltado ni un solo chip.
