Un robot de 71 millones revoluciona la armada: el contrato que dobla la vida de gecko
La Armada de EE.UU. acaba de firmar un cheque por 71 millones de dólares a una empresa que, hasta hace unos meses, apenas había facturado 60 millones en toda su historia. La beneficiaria es Gecko Robotics, firma especializada en máquinas que trepan como lagartos por cascos de barco, y el contrato puede leerse como una tarjeta de presentación al Nasdaq antes que como una simple reparación naval.
El pacto que convierte a gecko en unicornio funcional
En diez años Gecko pasó de cero a 60 millones de ingresos acumulados. La Marina le ha dado 71 por inspeccionar 18 buques de guerra en cinco años. Hagan la suma: un solo cliente le acaba de entregar más dinero que todos sus clientes anteriores juntos. La operación arranca en la flota del Pacífico, la más grande del planeta, y promete reducir los tiempos de mantenimiento por un factor de 50, según la propia compañía.
El procedimiento es a la vez simple y futurista. Robots con ventosas industriales escalan planchas de acero mientras escanean grietas, soldaduras y corrosión invisible al ojo humano. Los datos se tragan el software Cantilever, un algoritmo que genera un gemelo digital de cada navío. El resultado: un cuadro de salud en tiempo real que la Armada podrá consultar antes de que un fallo se convierta en catástrofe.

De lagartos y dólares: el negocio que se escapa al radar
Gecko es privada, así que sus cuentas viajan por la prensa especializada y por filtraciones, no por la CNMV. La última valoración conocida, 1.250 millones tras la ronda Serie D, ya la colocaba en territorio unicornio. Ahora, con 71 millones garantizados y la puerta abierta a inspeccionar los 290 barcos que restan, el salto a bolsa parece una cuestión de meses, no de años.
El aviso para inversores está en el Daily Digest del Departamento de Defensa: el contrato aún no aparece. Cuando lo haga, la prensa especializada lo interpretará como el símbolo de que la dueña de los robots trepadores da el paso definitivo hacia la vida pública. Mientras tanto, los astilleros de la costa oeste ya suenan a pasos metálicos que suben por el acero. El futuro, en este caso, trepa.