negocios

Unilever cede su alma gastronómica a mccormick en un pacto de 15.700 millones

Unilever ha puesto precio a su nostalgia: 15.700 millones de dólares en metálico más un puñado de acciones. La multinacional británica confirma que negocia a contrarreloj cederle a McCormick su negocio de alimentos —Hellmann’s, Knorr, Colman’s— en una operación que rediseñará el mapa de la despensa global. Los accionistas de Unilever conservarían el 65 % del nuevo gigante condimentado, pero el control de la mesa pasaría a manos estadounidenses.

El último capítulo de una década de desmembramiento

El último capítulo de una década de desmembramiento

La operación —un Reverse Morris Trust que elude el fisco— no es un capricho. Es la guinda a diez años de dieta corporativa: primero deshacerse de Skippy y Slim-Fast, luego desprenderse de las mantequillas, el té Lipton y, en diciembre, esculpir The Magnum Ice Cream Company como ente aparte. Ahora toca despedir a los aliños que le dieron nombre en mil cocinas.

La exclusiones, eso sí, tienen sabor a curry. India, donde Knorr es religión, se queda fuera del paquete. Allí el consumo crece al doble de velocidad que en Occidente y Unilever no está dispuesta a soltar la alfombra de especias que le aporta margen. Lo que sí viaja hacia Baltimore es la factoría europea de mayonesas, la red de sopas deshidratadas y la fábrica de mostaza inglesa que lleva 204 años salpicando sandwiches.

McCormick, por su parte, engorda donde más duele: French’s, Frank’s RedHot y Cholula ya le han convertido en el zar del picante. Añadir Hellmann’s —líder en 42 países— le da la llave del refrigerador planetario y le coloca por delante de Kraft Heinz en volumen de ventas de condimentos. La sinergia anunciada: 1.200 millones en ahorros de costes antes de 2027, según los primeros borradres que filtraron bancos de inversión esta semana.

Wall Street lo celebró con un 6 % de subida en la apertura, pero en Rotterdam se respiró desasosiego. El consejo holandés teme convertirse en una caja de jabones líquidos y cremas solares sin el amortiguador del food service. La rentabilidad del negocio de alimentos —22 % de margen bruto— ha sido durante lustros el chaleco antibalas contra las crisis de materias primas. Ahora, sin él, cualquier alza del aceite de palma o el trigo golpeará directamente la cuenta de resultados.

Heinz, el novio descartado, observa desde la barrera. Las conversaciones se rompieron hace quince días cuando Unilever exigió valorar sus marcas por encima de los 20.000 millones y BerkshireHathaway —accionista de Heinz— se negó a pagar prima por activos que considera “de bajo crecimiento”. El fracaso abrió la puerta a McCormick, más ágil y con menos deuda, dispuesta a endeudarse hoy para dominar mañana el estante de salsas.

La partida se cierra esta misma tarde si los abogados terminan de redactar la circular 24 horas antes de la junta de accionistas de abril. El calendario es brutal: Unilever necesita presentar un plan de recompra de acciones simultáneo para evitar que su cotización se desinfle cuando desaparezca el flujo de caja de alimentos. McCormick, por su parte, agita el contrato definitivo ante los reguladores antitrust de Washington y Bruselas. Si alguien pega un grito, la operación se retrasa hasta 2026 y el coste financiero se dispara 400 millones.

Mientras tanto, en las cocinas nadie ha pedido permiso. Los frigos siguen llenos de botes azules de Hellmann’s y los niños exigen su ramen Knorr a las cuatro de la tarde. Ignoran que, si la firma cae hoy, sus mayonesas y sus sopas pasarán a formar parte del mismo conglomerado que inventó el ketchup picante en 1920. La historia, como siempre, se escribe en la nevera y nadie consulta al consumidor.