Unilever corta la salsa y monta un imperio de 60.000 millones con mccormick
Hellmann’s, Knorr y Marmite van a convivir en la misma nevera que French’s y Cholula. Unilever acaba de encontrar la manera de desprenderse de su negocio de alimentos –el que menos crecía en su cartera– sin pagar ni un céntimo de impuestos en el proceso y, de paso, sacar entre 15.000 y 16.000 millones de dólares en metálico para sus accionistas.
La jugada se llama Reverse Morris Trust, una estructura que suena a truco de magia corporativo y que, en la práctica, permite escindir la división, fusionarla con McCormick y que el fisco no toque la puerta. Si Unilever hubiera vendido directamente, la factura fiscal le habría costado varios miles de millones. Ahora, el dinero sale del nuevo gigante de los sabores –valuado en 60.000 millones– y regresa a los bolsillos de los inversores.
El ala muerta se convierte en gallina de los huevos de oro
El negocio alimentario de Unilever llevaba años arrastrándose: creció un anémico 2,5 % en 2023 mientras belleza y cuidado personal se disparaban. La presión comenzó en 2022, cuando el activista Nelson Peltz irrumpió en el accionariado y se asomó a la cocina. Dos CEOs han caído desde entonces. La directiva se fijó un ahorro de costes de 800 millones de euros hasta 2027 y empezó a deshacerse de activos: primero Graze, después el helado, y ahora la despensa entera.
McCormick, por su parte, llega con hambre. Quedó huérfano de negociación tras la ruptura con Kraft Heinz hace semanas y necesitaba una operación que le hiciera crecer más allá del tarro de pimienta. Desde 2017 ha ido acumulando marcas de alto margen: French’s, Frank’s RedHot, Cholula. Ahora se traga a Hellmann’s y Knorr para convertirse en el Rey Midas de la salsa: todo lo que toque sabe a dinero.
La excepción es la India. Allí Unilever se aferra a su participación; es el mercado que más renta y nadie abandona un país con mil millones de bocas que desayunan, comen y cena productos de la anglo-holandesa.

El consumidor no notará la diferencia hasta que lea la etiqueta
El anuncio oficial se espera en la próxima presentación de resultados. Después vendrá la danza reguladora: Bruselas y Washington escrutarán cada botella de mostaza y cada cubito de caldo. Pero el mensaje ya está claro: los grandes congênres se achican para crecer. Unilever se desnuda hasta quedarse con Dove, Rexona y Sedal; McCormick se viste de Arlequín gastronómico.
Para el comensal de a pie todo seguirá igual: el sándwich seguirá llevando mayonesa, la sopa seguirá siendo Knorr, pero ahora detrás de cada cucharada hay un flujo de caja que alimenta dividendos y no estómagos. La ironía es que, en plena obsesión por los ultraprocesados, la industria acaba de crear el mayor procesador de sabores del planeta. Y lo ha hecho sin pagar impuestos. Marmite, ese pegamento negro que los británicos adoran u odian, acaba de convertirse en el símbolo perfecto del trato: o lo tragas, o te quedas sin pan.