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El pentágono blinda a palantir: maven pasa de experimento a columna del ejército

El 5 de marzo pasado, el subsecretario de Defensa Steve Feinberg firmó el acta que convierte el Maven Smart System (MSS) de Palantir en programa de registro formal. Traducción: la inteligencia artificial que hasta ayer probaba suerte en pilotos aislados se convertirá, a partir de ahora, en el sistema operativo cotidiano de los comandantes de guerra de EE.UU. La nota de prensa apenas ocupó dos columnas, pero en los sótanos del Pentagon ya se reparten los calendarios de despliegue para los próximos diez años.

El sello de «programa de registro» implica algo que Wall Street lleva años reclamando: presupuesto blindado y asignado año tras año, sin necesidad de revalidar cada partida. Para Palantir, esto proyecta un flujo de caja tan predecible como la munición de un fusil. Para el resto de contratistas, es la voz de alarma: el departamento que más dinero maneja del planeta acaba de elegir una única plataforma para que los drones, satélites, barcos y radares hablen el mismo idioma.

De proyecto marginal a columna vertebral

Maven nació en 2017 como un sandbox: sacar partido a los montones de datos que el Pentágono almacenaba sin saber muy bien qué hacer con ellos. Palantir ganó la pulseada frente a Google —que terminó abandonando el concurso por la presión interna— y presentó una solución que, en vez de vender «analytics», ofrecía decisiones listas para ejecutar. El algoritmo cruza imágenes de drones con registros de radar, mensajes de campo y mapas meteorológicos; luego propie objetivos, rutas de escape y dónde colocar la artillería. El oficial solo debe pulsar «aprobar».

El Ejército probó el juguete en misiones de artillería en Polonia y despliegues de contrainsurgencia en el Cuerno de África. El feedback llegó en forma de contrato: 480 millones de dólares en 2024. Doce meses después, el techo se elevó hasta 1 300 millones. Ahora, con el nuevo estatus, el Pentágono puede adquirir licencias ilimitadas sin volver a justificar la partida ante el Congreso.

El ecosistema que nadie más toca

El ecosistema que nadie más toca

El programa MSS se aloja dentro del mismo armazón que ya consolidó Palantir con el contrato de diez años y hasta 10 000 millones que el Ejército firmó para unificar 75 sistemas de software en una sola nube. Es decir, la compañía no solo vende una herramienta; se ha convertido en el backend digital de las operaciones conjuntas: desde logística hasta intelencia, desde planificación hasta evaluación de daños.

El margen bruto de Palantir —82 % en el último trimestre— explica por qué la firma puede permitirse desplegar ingenieros en cada base que lo pida. Cada actualización que empuja al Pentágono es una excusa para cobrar más licencias. Y cada licencia nueva hace más difícil que alguien pueda sustituirla sin desmantelar la red entera.

La acción ya lo descontó

La acción ya lo descontó

Los inversores llevan dos semanas pujando el título: +24 % en quince días, máximos desde el split de 2023. El valor de mercado roza ya los 330 000 millones, más que Lockheed Martin o Raytheon. La vieja duda —¿logrará Palantir repetir en el sector privado lo que factura con el gobierno?— quedó aparcada: el Tesoro acaba de entregar la llave de la caja fuerte y, de momento, eso es suficiente para que los fondos de crecimiento sigan entrando.

La ironía es que, mientras Silicon Valley debate sobre la ética de la IA, la única empresa que ha crucificado su futuro al uso militar acaba de recibir la medalla de oro. Palantir ya no es una start-up curiosa; es infraestructura crítica. Y en cuanto la inteligencia artificial deje de ser noticia para convertirse en gasto corriente, el Pentágono seguirá cargando sus municiones sobre la misma plataforma. El resto es contabilidad: unos ingresos recurrentes que, esta vez, vienen uniformados.